martes, 30 de septiembre de 2008

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La lluvia podía mas que nada aquella tarde, las grisáceas nubes opacaban la luz del sol y oscurecían tenuemente la ciudad. Truenos y ciegos relámpagos resonaban lentamente mientras las frías y gruesas gotas de agua galopeaban sobre la mojada tierra. Tan milagroso parecía aquel momento que cualquiera quisiera detenerse en plena tormenta y dejar atrapar su cuerpo entre aquella renovación de aires que ofrecía la vida. La refrescante imagen que regalaba la lluvia esa tarde de Abril iba mas lejos que la sabia naturaleza en decisión de un nuevo respiro. No existía dureza que no pudiese ablandarse, ni insensible que evitara quebrarse, ante una de las maravillas mas profundas y misteriosas.
Mas de una vez se desea el olvido total, el abandono a los recuerdos mas enterrados en el interior de uno mismo, y ciertas veces uno puede pensar y luego afirmar que es imposible. Crean o ignoren, pero he podido encontrar el momento preciso en el que uno puede remojar a estos, incluso hundirlos si es posible. Cuando la inmensa descarga se lanza sobre nosotros y no hay súplica que invoque piedad, desde el momento que la primera gota explota sobre el sediento suelo humedeciendo las raíces mas secas, agradeciendo una vez mas, que vuelve a llover.
Que curiosa puede resultar la atrapante inspiración, esa misma que proviene de los mismísimos placeres de la vida, los mas sencillos y cercanos a obtener, pero a la vez los mas ignorados, los que pasan por desapercibidos, y se hace muy difícil disfrutarlos, valla a saber uno porque. Quisiera creer que por el simple hecho de verlos cada día, entiéndase como cierta ambición del hombre, de la obtención de lo difícil, y hasta del anhelo a lo prohibido.


Texto: Macarena G.
Imagen: Marina U.